Opinión

Secuelas de la COVID-19: la UE en la encrucijada

Secuelas de la COVID-19: la UE en la encrucijada

La UE se encuentra en un momento crítico para su supervivencia como actor global en un mundo multipolar, dominado por la rivalidad entre Estados Unidos y China. Según Peter Francopan, Europa ha dejado de ser el centro de los intercambios comerciales mundiales y la ruta china de la seda ha crecido en competencia directa con Occidente. Se está produciendo una crisis global –agravada por la pandemia de la Covid-19- en la que se inscriben las políticas extravagantes de Donald Trump, el liderazgo de China y la “enanización” –“dwarfing”- de la Unión Europea. Los protagonistas de este mundo globalizado son Estados Unidos y China, y -en menor medida- Rusia y la UE.

Disminución del liderazgo de Estados Unidos

Asistimos al repliegue de Europa de Estados Unidos, que ya se inició al término de la Guerra Fría, continuó con el “pivot to Asia” de la Administración de Barack Obama y se ha ampliado en el ámbito económico y militar por la Administración Trump, que ha liquidado el proyecto de Tratado Trasatlántico de Libre Comercio. Estados Unidos ha asumido la tesis de Halford Mackinder de que quien controle Eurasia, controlará el mundo, con lo que el protagonismo económico ha pasado del océano Atlántico al Pacífico. Como ha señalado José Ignacio Torreblanca, Europa se ha convertido en una “pequeña península de Asia”.

En su errática política, Trump ha combatido el multilateralismo y el libre comercio, dejando paradójicamente a China como el principal muñidor del mismo. Estados Unidos se ha marchado de la UNESCO y de la OMS, ha debilitado la OTAN, hostigado a la UE y apoyado el Brexit. Se ha salido del Acuerdo de París sobre Cambio Climático y del Tratado nuclear con Irán. Como depende poco de las exportaciones y goza de una alta seguridad energética, ha perdido interés en salvaguardar la estabilidad global, y ha vuelto al proteccionismo y al lema de “America first”. Según Antonio Bonet, ha ido por el mundo pisoteando el sistema multilateral para hacer frente a sus disputas con China por el protagonismo mundial y recurrido unilateralmente a imponer aranceles a las importaciones de todo tipo, del acero, el aluminio o los vehículos, a las aceitunas, los vinos o los quesos, a amenazar arbitrariamente con la imposición de nuevos aranceles, y a cerrar progresivamente sus mercados. 

Como ha señalado Torreblanca, la violación abierta de las reglas del juego y el empleo de las sanciones comerciales como instrumento de coacción destruyen la confianza en el sistema económico y dañan gravemente a la OMC. En el ámbito de la seguridad, aunque la UE sigue dependiendo para su seguridad de la OTAN, no existe ya el mismo grado de confianza y de colaboración de antaño. Estados Unidos se ha ido retirando asimismo de Oriente Medio y el vacío que ha dejado ha sido ocupado por la Rusia de Vladimir Putin. Las impredecibles medidas de Trump están creando una situación caótica por doquier y los “twitters”, con los que desgobierna el mundo, son casi tan peligrosos como los misiles SAM, pues resulta más difícil protegerse del fuego amigo que del enemigo

En el ámbito interno, Trump ha provocado la división del país y el enfrentamiento de sus ciudadanos, radicalizando las posiciones del Partido Republicano y apoyando el supremacismo WASP. Tras la muerte de George Floyd, en vez de calmar los ánimos, ha echado leña al fuego con actitudes xenófobas y racistas. En su discurso del 3 de julio en Monte Rushmore habló de la “revolución cultural de los liberales” y de un nuevo fascismo de extrema izquierda que está tratando de socavar los valores eternos de la nación. Su actitud ante la pandemia del coronavirus está siendo deplorable, pues, pese a ser el país el más adversamente afectado como consecuencia de su política negacionista -con 2.7 millones de contagios y cerca de 130,000 muertos-, se niega a adoptar las medidas adecuadas para hacerle frente, afirmando de forma buenista que el virus desaparecerá tarde o temprano por arte de birlibirloque, y que lo primordial es relanzar la economía. Para bien de su país y del mundo, confiemos en que el Joe Biden gane las próximas elecciones presidenciales.

Ascenso de China al liderazgo mundial

El Gobierno chino está aprovechando la desastrosa actuación internacional de Trump para consolidar su protagonismo en la escena mundial. Gracias a su potencia demográfica, su progreso económico, su crecimiento tecnológico y su poderío militar, ha sustituido a Rusia como el principal rival de Estados Unidos por el liderazgo global, y se permite el lujo de presentarse ante la opinión pública como el campeón del comercio internacional y del multilateralismo. Esto es pura falacia porque China incumple las reglas del comercio internacional, subvenciona sus industrias, fuerza a las industrias extranjeras a que le cedan su tecnología, dificulta el acceso a su mercado interior y está realizando grandes proyectos de infraestructuras en África -donde ha pasado a ser el primer inversor-, pujando a la baja, despreciando los criterios ambientales y la lucha contra la corrupción, y practicando el dumping laboral. Según Francopan, “todos los caminos conducen a Pekín”, y los lazos de cooperación que ha conseguido establecer en Asia, África e Iberoamérica –e incluso en Europa- son una “muestra de tenacidad diplomática y de sabia paciencia”. A la chita callando, China ha logrado superar el PIB de Estados Unidos.

Uno de los mayores peligros con que amenaza China es el de controlar Internet en el futuro. El pasado marzo, el Gobierno chino presentó ante la UIT una propuesta de una nueva arquitectura par Internet hecha a su imagen y semejanza: un diseño avanzado tecnológicamente, destinado a controlar su funcionamiento y limitar la libertad de expresión. La propuesta fue apoyada por Rusia y la sin par Arabia Saudí, que -para hacerse perdonar sus muchas culpas- siempre está dispuestas a tirar de chequera para financiar el islamismo radical, o para controlar las redes telemáticas. Estiman que el ciberespacio –utilizado por 4.650 millones de usuarios y con 26.000 millones de dispositivos conectados- tiene que ser controlado por el Estado y no sólo por las grandes empresas tecnológicas norteamericanas -como Google, Facebook o Amazon-, o las compañías estatales chinas –como Huawei-. Según el Financial Times, su objetivo es sustituir el protocolo vigente, concebido como una red de redes en la que interaccionan personas y no dispositivos, por una red controlada por los Estados.

Según Ben Peters –autor de “How not to Network a Nation”-, el proyecto pretende mejorar la funcionalidad de la tecnología occidental, pero despojándola de la protección a los ciudadanos, sustituyendo el servicio a los usuarios por el servicio al Estado. Ello implicaría un total control por parte de los operadores de las personas físicas y jurídicas, y el dominio de la información, lo cual es sumamente preocupante. China ha desarrollado la tecnología del 5G y pretende introducirla en Europa, y ha conseguido que Gran Bretaña abra la puerta a la empresa Huawei, a lo que se ha opuesto Estados Unidos. En opinión de “El Mundo”, el futuro será el que dilucide si el nuevo Internet supondrá una guerra entre Estados o si el liderazgo lo ejercerán los propios usuarios. Mucho me temo que lo primero sea más probable que lo segundo y China parte desde una posición ventajosa.

El unilateralismo estadounidense y el oportunismo chino están dificultando seriamente la cooperación internacional. ¿Qué actitud puede adoptar la UE ante esta considerable pérdida de protagonismo con respectó a las dos superpotencias? Según Sigmar Gabriel, China es el único país con una verdadera geoestrategia global, en tanto que Europa carece de ideas y de planes globales. A juicio de Francisco Sosa Wagner, mientras China se mueve tratando de enlazar proyectos espectaculares, la UE se cierra sobre sí misma, reconstruye las fronteras nacionales y muchos de sus políticos aspiran a reconquistar la soberanía de sus naciones cedida a la Unión. “Hay una común sensación de que el mundo mira hacia Oriente y de que Europa tartamudea”.

La UE carece de capacidad para intervenir activamente en este juego de tronos, por no estar preparada material, psicológica ni institucionalmente, aunque podría hacerlo si integrara todas sus múltiples capacidades bajo estrategias compartidas por sus miembros y estableciera principios claros. La Unión debería actuar como un tercer polo entre Estados Unidos y China, pero, para poder ser un actor global, necesitaría un mayor grado de integración y una creciente autonomía estratégica. Como ha señalado Helle Thorning-Schmidt, en la dinámica de confrontación entre las dos superpotencias, la UE debería buscar su propia vía, que no sería una posición equidistante, sino una que le permitiera defender el espacio de libertad y de prosperidad que la ha definido: el cumplimiento de las normas, la lucha contra el cambio climático y el respeto de los derechos humanos. Frente a las contradicciones estadounidenses y a las zalamerías china, la Unión debería –en opinión de Sosa- “defender los valores democráticos y emitir una luz potente desde el faro de la democracia liberal y del Estado de Derecho”.

La Unión Europea en la encrucijada  

Según Carl Bildt, a Europa se le está agotando el tiempo para ser relevante en un mundo que ha girado peligrosamente hacia el unilateralismo, el proteccionismo, el nacionalismo y el autoritarismo. En ese mundo globalizado en el que vivimos, se juega una brutal disputa por el poder y si la UE no consigue ser un actor en dicho juego, se convertirá en el campo en el que otros jueguen. Para Luis Simón, la Unión tendrá que decidir, en consecuencia, si quiere ser sujeto u objeto de las relaciones internacionales. Si quiere ser un actor en este juego de poder, deberá consolidar su influencia en la propia Europa y evitar la penetración de potencias externas que socaven la unidad y la integración europeas. 

Para Mark Leonard y Jeremy Shapiro, frente a la imprevisibilidad de Trump, la asertividad de Putin respecto a Europa Oriental y los desafíos tecnológicos y militares de China, Europa no dispone de recursos para ser más autónoma de Washington y es cada vez más vulnerable a la presión externa, lo que le impide ejercer plenamente su soberanía. Esta vulnerabilidad amenaza la seguridad, la salud económica y la acción diplomática de la UE y permite que otras potencias impongan sus predicamentos. Con Trump en la casa Blanca, Xi Jiping en Zhongnanhai y Putin en el Kremlin, los europeos partidarios del multilateralismo se han dado cuenta de que lo mejor era dotarse de sus propias reglas a fin de mantener su independencia. Para ello, la Unión debería abordar los desafíos económicos y de seguridad, sin abandonar su apoyo a un mundo basado en las normas jurídicas comunitarias y en la alianza trasatlántica, lo que implicaría crear una nueva “soberanía estratégica” y actuar como un poder geopolítico autónomo. Sólo una Unión segura de sí misma y de su proyecto futuro podría resultar atractiva a los millones de ciudadanos tentados de dejarse llevar por los mensajes populistas. Según Josep Borrell, el proyecto europeo sigue siendo clave para el provenir de la UE. A juicio de Leonard, si la Unión pusiera sus importantes activos al servicio de una agenda estratégica más amplia, podría convertirse en un jugador en el mundo multipolar, en lugar de ser un juguete en manos de otras potencias ¿Está en condiciones de hacerlo?

No repuesta aún del hachazo del Brexit y sin haber llegado a un acuerdo sobre sus relaciones con Gran Bretaña, la UE ha sufrido las graves consecuencias del coronavirus. Los europeos han sentido una sensación de incertidumbre y de insuficiencia de los Estados-nación para luchar contra la pandemia por sí solos. Con Estados Unidos sumido en el caos y con una China que ha tardado en informar sobre el estallido de la epidemia y ocultado datos sobre su desarrollo, Europa se encuentra –según Leonard- con una oportunidad increíble para reinventar el proyecto europeo. La COVID-19 ha creado un mundo de bloques en el que la relevancia de Europa dependerá de su capacidad de actuar. Estamos atados los unos a los otros y “si no encontramos formas de trabajar juntos de manera efectiva, podemos acabar hundiéndolos juntos”. Lo primero sería crear la visión de una Europa capaz de proteger a sus ciudadanos y, para ello, cada Estado miembro tendría que sentir que Europa es la primera línea defensiva frente a un mundo amenazante donde enfrentar los problemas trabajando codo con codo. En opinión de Ignacio Molina, Europa no se hace sola y no se hará si los ciudadanos europeos no lo exigen a sus Gobiernos. La UE debería explotar la economía de escala que supone trabajar unidos en un mundo en que cada vez resultará más difícil que una fragmentada posición europea pueda moldear la gestión de los asuntos globales de acuerdo con sus postulados sobre el mantenimiento de la paz, la protección de los derechos humanos o la lucha contra el cambio climático.

Con su pragmatismo británico, Leonard estima que sería peligroso que los líderes europeos abogaran por la creación de unos Estados Unidos de Europa, con instituciones fuerte en Bruselas. Yo no comparto esta cortedad de miras y creo que- al menos como objetivo y siendo consciente de que no se lograra fácilmente- deberían mantenerse los ideales de los padres fundadores. Como ha señalado Borrell, la UE ha supuesto un éxito extraordinario en la Historia de Europa, ya que ha logrado la paz entre los europeos tras dos catastróficas guerras mundiales y no puede ignorar sus orígenes. “Casi nada podremos hacer solos; casi todo tendremos que hacerlo juntos”.

El Fondo para la Recuperación y la Resistencia 

Ahora Europa se enfrenta a una nueva catástrofe, aunque sea de tipo bélico, la pandemia de la COVID-19, y es fundamental que la UE responda de forma adecuada si quiere subsistir. Su principal objetivo “hic et nunc” es –amén de colaborar a la extinción de la epidemia, que es fundamentalmente responsabilidad de los Estados miembros- facilitar la recuperación económica del conjunto de la Unión. La UE -incluido el BCE- parece haber aprendido de los errores cometidos durante la crisis económico-financiera de 2008 y se apresta a adoptar una actitud más solidaria con la creación del Fondo de Recuperación y Resistencia. Angela Merkel –la única líder con la que cuenta la Unión- ha asumido la iniciativa para resolver el problema, no sólo por razones filantrópicas, sino también por ser consciente de que, con unos socios del Sur deprimidos y endeudados, Alemania y los Estados “frugales” del Norte verían adversamente afectada su economía. 

De ahí que se haya desmarcado del campo de los halcones y haya lanzado, junto con Emmanuel Macron, una propuesta razonable de compromiso para la recuperación de la UE, que ha servido de base para la propuesta de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de crear un Fondo de Recuperación y de Resistencia, dotado con €750.000, 500.000 de ellos para subvenciones a fondo perdido y otros 250.000 para préstamos a largo plazo y bajo interés. Los principios básicos de la propuesta han sido aceptados por todos los Estados, incluidos los “frugales” -Austria, Países Bajos, Dinamarca y Suecia- que pretenden, no obstante, invertir las “ratio” entre subsidios y créditos e imponer rigurosas condicionalidades para su concesión. Las espadas siguen en alto, si bien cabe esperar que, merced a la mediación de Alemania –que acaba de asumir la presidencia rotatoria del Consejo- se alcance una solución de compromiso satisfactoria para todos.

En el centro del debate se encuentra la “condicionalidad”, requerida con moderación por Frau Merkel y con mayor intensidad por los halcones norteños. El Gobierno de Pedro Sánchez –y en menor medida el de Giuseppe Conte- quieren excluirla y el PP y Ciudadanos aspiran a incluirla para que el PSOE y Podemos no puedan cumplir su pacto de Gobierno, que contiene medidas incompatibles con la política económica de la UE. La portavoz del PP en el Parlamento Europeo, Dolores Montesarrat, ha pedido que el Gobierno español adopte las reformas necesarias para que el dinero que llegue de la UE se utilice para modernizar la economía y no para derogar la reforma laboral, como pretenden Sánchez e Iglesias. Para el eurodiputado Esteban González Pons, los millones de la UE no son para que Podemos cumpla su programa, por lo que hay que evitar que el endeudamiento nacional sirva para aplicar en España políticas bolivarianas. Quien quiera dinero europeo tendrá que justificar para qué lo quiere y, sobre todo, qué reformas está dispuesto a realizar para conseguir sus objetivos. Según el eurodiputado de Ciudadanos, Luis Garicano, no hay nada malo en que el PP exija que se supervise el gasto de estos fondos, a fin de que se mejore la competitividad y la capacidad de resistencia de los países socorridos. “Es lógico, positivo y sensato”. La portavoz del PSOE, Iratxe García, ha denunciado las maniobras del PP para manchar la reputación y dañar la imagen de España en un momento crucial para la UE, pasando por encima de los intereses de los ciudadanos españoles.

El presidente del PPE, Manfred Weber, ha afirmado que su Grupo apoya la idea de que la solidaridad vaya acompañada de la responsabilidad, y que el dinero facilitado sea invertido en el futuro del país socorrido, para ayudar a crear oportunidades de trabajo y perspectivas para los jóvenes. De forma políticamente incorrecta, añadió que “no queremos desperdiciar el dinero en gastos del pasado y no estamos dispuestos a que se financien las falsas promesas de Podemos”. Iratxe García ha arremetido contra Weber y lo ha acusado de estar obsesionado con un Gobierno progresista español elegido por los ciudadanos, y afirmado que no debería dejarse influenciar por los impulsos partidistas del PP español, que no comprender que éste es el momento de unirse y trabajar juntos para superar la pandemia, y no usar la crisis para su beneficio.

Sánchez ha dicho que, si triunfa la posición del PP en Bruselas, España saldrá perdiendo, y que el partido debería dejar las posiciones partidistas y dejar de poner palos en las ruedas. Haciendo alarde de su habitual cinismo, ha afirmado que su Gobierno no ha vertido crítica alguna contra los Gobiernos autonómicos regidos por el PP, porque ha primado la unidad sobre la confrontación. El delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, deberá estar partiéndose de risa y la presidenta madrileña, Dolores Díaz Ayuso, llorando por los rincones. La portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, ha instado al PP a que defienda que no haya condicionalidad alguna en la entrega de los fondos europeos, porque ello supondría pecar de deslealtad, y el vicepresidente Pablo Iglesias –precisamente él, al que la unidad de España le importa un bledo- ha acusado a la oposición de traicionar a la patria con su postura. Sin embargo, la vicepresidenta Nadia Calviño, ha considerado natural que el Eurogrupo ate en corto a los receptores del Fondo de Recuperación, y la Ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González. ha reconocido que es lógico que haya condicionalidad, aunque lo importante era qué tipo de condiciones se requieran.

La “ratio” de la condicionalidad ha sido convincentemente explicada por Elisa de la Nuez. Muchos españoles piensan que es procedente que los países que presten ayuda la condicionen a la adopción por los receptores de un programa estricto de reformas estructurales que llevan lustros pendientes. Resulta poco democrático pedir dinero a los socios sin condicionalidad alguna. No se trata de un problema del Norte contra el Sur, sino de que los electores de estos países tienes sus prioridades y sus preferencias, a las que tienen que atender sus representantes políticos. El reto y la oportunidad que tiene España son la de aprovechar esta ocasión excepcional para poner orden en sus instituciones y en sus políticas públicas. Recibir dinero sujeto a ciertas condiciones no supone un menoscabo a la soberanía, cuando la UE se basa precisamente en la cesión parcial de soberanía por parte de los Estados miembros con el fin de conseguir unos objetivos de desarrollo económico, social e institucional que no estarían al alcance de muchos de ellos por sus propios medios.

En este contexto cabe situar la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo, puesto para el que, en principio, partía como favorita, por su “curriculum vitae”, su experiencia en Bruselas, su condición de mujer y el apoyo de toda la oposición, incluido Vox. Tenía los inconvenientes de formar parte de un Gobierno poco cumplidor de las normas de la UE y la oposición de los halcones por su apoyo a una Unión más integrada, como puso de manifiesto en su carta de motivación, al señalar que el Eurogrupo debería contribuir a incluir a nivel nacional la dimensión supranacional en el análisis de los Planes de Recuperación y Resistencia, para asegurar la coherencia con las recomendaciones para la Eurozona. Se mostró favorable a completar la Unión Monetaria y consideró prioritaria la revisión de las normas de disciplina fiscal. Además prometió tener en cuenta las distintas sensibilidades y trabajar para lograr acuerdos equilibrados y generar una unidad más necesaria que nunca.

La elección se celebró tal día como hoy hace un mes y, junto a la española, se presentaron el irlandés Paschal Donohoe –que contaba con el apoyo del grueso del PPE- y el liberal luxemburgués, Pierre Gramegna –al que respaldaban Bélgica y Países Bajos-. Calviño contaba con los votos de los tres grandes países de la UE –Alemania, Francia e Italia-, más Portugal, Grecia y probablemente Finlandia, pero no tenía garantizado el éxito, porque necesitaba tres votos más y la elección es secreta y, por tanto, propicia la rebelión de quienes ha calificado imprudentemente de “paises muy pequeños con muy poco peso”. En opinión de Garicano, la elección de Calviño sería conveniente para la UE y para España, especialmente para ésta, pues -como ha observado González Pons- sería la mejor garantía de que el Gobierno de Sánchez siguiera las directrices de la UE.