Opinión

Solidaridad con los vecinos del sur

Líbano

Dice el refrán que no hay situación mala que no sea susceptible de empeorar. Y eso es lo que ocurre en torno al mar Mediterráneo, donde la pandemia ha agravado el legado de la Primavera Árabe porque siguen sin resolverse problemas tan graves como las ansias frustradas de libertad y dignidad de los pueblos, el fracaso de sus procesos de modernización política y económica, la integración de los movimientos religiosos en la vida pública (salvo en el caso de Ennahda en Túnez y del Partido de la Justicia y el Desarrollo en Marruecos, que han optado por la cohabitación), o la pugna entre chiíes y suníes, entre otros igualmente graves y acuciantes, como son las guerras en curso en Siria, Libia y Yemen, o la inestabilidad constitucional en Líbano. Los problemas no faltan.

En la cuenca mediterránea, España, Francia e Italia han pagado un alto precio por la COVID-19 tanto en vidas humanas como en términos económicos (Portugal y Grecia han salido mejor librados, al menos por ahora), pero son países con una estructura sanitaria y económica fuerte que les ha permitido enfrentar la situación con recursos suficientes para paliar la grave crisis social que acompaña a la recesión económica. Al menos hasta ahora. Han puesto en pie políticas keynesianas para meter dinero en el sistema con objeto de tratar de mantener el empleo, han añadido ERTEs, salario mínimo vital y otros tipos de ayudas a las personas y empresas más afectadas y además cuentan con poderosos programas de ayudas a cargo de la Unión Europea. A pesar de ello, en España hemos creado un millón de parados en el último trimestre.

Pero ese no es desgraciadamente el caso en los países de la ribera sur y oriental del viejo Mare Nostrum que carecen de esa musculatura financiera, cuyo alto endeudamiento y bajas reservas no les permiten alegrías, que tienen porcentajes elevados de economía informal que exige a la gente salir a trabajar para poder comer cada día, y sobre los que, para colmo, además de la pandemia se han abatido de golpe cuatro problemas difíciles de gestionar y más aún cuando llegan juntos: la caída del turismo, la de las remesas de emigrantes, la de las exportaciones y, por si fuera poco, la bajada de los precios del crudo. Individualmente considerados son golpes muy fuertes, juntos son una catástrofe: a título de ejemplo, el turismo representa el 15% del PIB egipcio, el 14% en Jordania, el 12% en Túnez y el 8% en Marruecos. Y las remesas de los emigrantes que trabajan en Europa suponen el 11% del PIB en Egipto, el 10% en Jordania, el 6% en Marruecos... mientras que los ingresos de Irak dependen del petróleo en un 90% y algo parecido ocurre en Argelia. La recesión económica y el descenso de las importaciones europeas hacen el resto. Son solo algunos ejemplos que se complican aún más con la crisis sanitaria si consideramos que la mitad de la población no tiene cobertura médica, dos tercios carecen de pensión de jubilación, y sus sistemas sanitarios son insuficientes con la excepción de los de los países del Golfo, mucho mejor equipados. A su favor pueden jugar poblaciones más jóvenes y por ello quizás también más resistentes al virus. También sus estadísticas son más imprecisas por las dificultades de rastreo y diagnosis.

En estas condiciones, apretarse el cinturón no es una opción, es una necesidad: en Irán el PIB caerá un 15% este año y ya ha tenido que doblar el precio de la gasolina, mientras que Líbano, con una deuda exterior del 176% del PIB y con una inflación desbordada, ha devaluado la libra y dejado de pagar la deuda. La gente no está contenta y el fin de las subvenciones y el aumento del desempleo traen consigo protestas que están siendo reprimidas con dureza en algunos países como Irak, Líbano o Irán; mientras que en otros se prohíben las manifestaciones invocando convenientemente el riesgo de contagio, como pasa en Argelia. Pero el malestar crece y aunque en Europa tengamos ahora una situación también difícil, es un error ignorar la que atraviesan nuestros vecinos del sur.

A eso se añaden problemas políticos no resueltos y que van de un extremo al otro de esta turbulenta región: como el del Sáhara que sigue dificultando el deseable proceso de integración magrebí, la tensión de Turquía con Grecia, Chipre, Egipto e Israel a cuenta de las bolsas de gas descubiertas en el Mediterráneo oriental, o la misma disputa entre Estados Unidos e Irán a cuenta de su política regional y de enriquecimiento de uranio, pasando por el previsible recrudecimiento del conflicto palestino-israelí si Netanyahu decide por fin anexionar la ribera del Jordán y otros asentamientos, lo que pondría fin de un plumazo al proceso de Oslo, a la posibilidad de dos Estados viviendo juntos, y a la misma Autoridad Palestina, que no sería fácil que sobreviviera o que en el mejor de los casos quedaría muy tocada. De momento, el riesgo ha quedado pospuesto ante el reciente acuerdo de normalización de relaciones entre Emiratos Árabes Unidos e Israel, auspiciado por la Administración de Donald Trump y aderezado con posponer esa anexión y con la venta de material de seguridad y militar sofisticado a Abu Dhabi (se habla de los cazas F-35). Y, por si fuera poco, las tres guerras de Siria, Yemen y Libia no dan signos de agotamiento, crean terribles problemas humanitarios que se agravan con la intervención de potencias extrajeras, cada una con su propia agenda incompatible con las de los demás. Esa misma injerencia extranjera afecta a la crisis constitucional de Líbano, empeorada con la catástrofe provocada por la explosión de nitrato amónico descuidadamente almacenado en su puerto.

Y junto a estos problemas no resueltos, crece la importancia regional de actores no estatales con los que cada vez hay que contar más, desde Hizbulá en Líbano a los hutíes en Yemen, pasando por los kurdos de Siria, Irak, Turquía e Irán, y el mismo Consejo del Sur del Yemen, que aboga por una secesión que vuelva a partir el país en dos. Sin olvidar nunca a Daesh, que muestra signos de querer revivir tras la derrota militar, y a la vieja Al-Qaeda. Cuantos más son los actores, más complicados son los acuerdos.

Todos estos problemas hacen que a muchos de los países de la ribera sur les cueste mucho reunir la atención y el esfuerzo que requiere el combate contra la pandemia de la COVID-19. Y a nosotros nos interesa ayudarles no solo por solidaridad humanitaria sino también por egoísmo, porque si algo estamos aprendiendo de los rebrotes es que la pandemia no se detiene ante fronteras y que es una amenaza a la humanidad en su conjunto. Dicho de otra manera, nosotros no estaremos seguros mientras los demás -y en particular nuestros vecinos del flanco sur- no lo estén también. Y no me refiero únicamente a la pandemia. Por eso nos interesa ayudarles en estos momentos de tanta necesidad.

Jorge Dezcallar

Embajador de España