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Opinión

Tensión político-religiosa en Irak

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Los incidentes que estos días han dejado decenas de muertos en Bagdad – la última cifra que se reconoce es de 35 - siguen reflejando la tensión que existe entre las dos ramas del Islam, la suní, mayoritaria, y la chií minoritaria, pero con bastantes seguidores entre la clase dirigente, y respaldada por el régimen teocrático que rige en la vecina Irán. La noticia de la renuncia del líder chií Muqtada al-Sadr, que ejercía una influencia decisiva en la estabilidad recobrada, siempre en precario, después de la guerra, desencadenó incidentes que culminaron con un asalto a las barreras de la denominada Zona Verde de la capital, donde se hallan las sedes de los organismos oficiales y embajadas, y la ocupación de las masas del palacio presidencial.

El estallido de los incidentes coincidió con el ataque de un avión no tripulado en Siria de cuya procedencia se acusa también a Irán, el país más celoso y beligerante en la defensa de su régimen basado en los principios del chiismo radical. Obvio es añadir que ambos incidentes están crispando las relaciones en la zona. Todavía no se han olvidado los siete meses de guerra que en los tiempos de Sadam Husein mantuvieron Irak e Irán ni deja de influir el respaldo que los Estados Unidos siguen prestando a Irak. Ante la situación creada, Irán anunció el cierre de todas sus fronteras con Irak.

La gravedad de los incidentes del fin de semana pasado se ha saldado con varias decenas de víctimas mortales, como ya decía, y centenares de heridos, pero lo más inquietante es el regreso a la violencia siempre latente entre las dos comunidades internas del Islam cuyos orígenes y creencias dentro del fanatismo las mantiene y las vuelve irreconciliables. El recrudecimiento de la violencia coincide con el aparente acercamiento en las negociaciones entre Irán y los Estados Unidos en torno a los planes nucleares de Teherán contra las que se muestran intransigentes los israelíes.

La crisis iraquí tiene un largo precedente desde que en 2021 los suníes, que ganaron las elecciones, se revelaron incapaces de formar un Gobierno y el país se rige desde entonces sin consensuar el nombramiento de un primer ministro lo cual ha estimulado a la oposición chií. Al-Sadr anunció su abandono de la política como una muestra de la incapacidad de unos y otros para elegir a un jefe del Ejecutivo. En su mensaje escrito de retirada pidió a sus seguidores que abandonen el palacio presidencial y la sede de otros organismos oficiales y, expresó como solución que se convoquen nuevas elecciones legislativas en octubre.