PUBLICIDAD

Iberdrola

Opinión

Ucrania ante el crudo invierno

guerra-ucrania

Quien más quien menos, todos sabemos que los males nunca vienen solos. Hoy son los ucranianos los que están pasando de manera más grave esta dura experiencia. De nada sirve, más allá del orgullo patriótico, que colectivamente estén ofreciendo al mundo una imagen de heroicidad extraordinaria. Vladimir Putin debería asumir la valentía de sus vecinos agredidos como demostración de que Ucrania es un país soberano, independiente y con todas las muestras de su identidad nacional.

Los ucranianos llevan ocho meses de guerra, cruenta como todas las guerras, ya han sepultado a muchos miles de familiares, otros tantos sufren las lesiones y dolencias causadas por las bombas, misiles y drones que, como describía un testigo, atemorizan más que un enjambre de avispas; otros están desaparecidos o encarcelados en las checas improvisadas por los nuevos discípulos de la KGB crecidos por el orgullo de tener a un maestro encumbrado en el Kremlin.

Ni siquiera les espera otra esperanza que no sea seguir luchando cada día contra más enemigos. Además de los nuevos embates rusos, azuzados por el ridículo de su impotencia en el intento de someterlos a su ambición, a los cuarenta y seis millones de ucranianos la vida se les está endureciendo por momentos. El invierno, siempre crudo en sus ciudades y estepas, comenzó ya con el frio estremecedor que trae la nieve, el hielo y la ventisca agravado por la oscuridad total en muchas ciudades y la carencia de los demás servicios que causa la destrucción de las centrales eléctricas.

Los daños causados por los bombardeos se vuelven irreparables en las actuales circunstancias y los productos esenciales, empezando por la comida, empieza a escasear. Los países de la OTAN envían armas para que los soldados puedan seguir resistiendo, pero se impone que entre carros de combate y misiles potentes incluyan también alimentos y medicinas para niños y mayores, ropa de abrigo y enseres para que los que han perdido sus hogares bajo los obuses puedan montarse un techo provisional bajo el que puedan enfrentar a la intemperie.

Otro nuevo problema ha venido a sumarse a tantas adversidades como se han acumulado y se temen. Algunos trabajadores están recurriendo a las huelgas para expresar sus necesidades convertidas en exigencias cotidianas. Pero las industrias y servicios en la precariedad en que se encuentran no pueden atender sus demandas, ni el Gobierno cuenta con resortes para frenar el descontento popular que generan las necesidades familiares y personales. Las dificultades para moverse por carreteras y puentes destruidos afectan a los suministros.

El panorama es difícil. Hay experiencia histórica de guerras resueltas en aquellas tierras por la crudeza del invierno. En este caso no parece que vaya a acelerar su final: más bien la está agravando y no sólo en las trincheras. También en los hogares donde viven ancianos incapacitados, mujeres que no encuentran qué poner en las mesas a la hora del almuerzo y niños que lejos de estar formándose en las escuelas e institutos, sólo tienen la opción en su ocio de escuchar lamentos de los mayores y aprestarse las manos mientras sus dientes tiritan.