Aportaciones magrebíes a la arquitectura universal

El origen de la arquitectura andalo-magrebí podemos datarlo en el año 786
Aportaciones magrebíes a la arquitectura universal

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El origen de la arquitectura andalo-magrebí podemos datarlo en el año 786

Introducción

Va a ser en Al-Ándalus, y concretamente en Córdoba, donde cristalice por vez primera lo que podríamos considerar una arquitectura propia del islam. La vertiginosa expansión de la religión de Mahoma, en dos continentes en muy breve espacio de tiempo1 no propiciaba la sedimentación necesaria para que se manifestara una arquitectura propia de la civilización2  que se estaba creando.

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El origen de la arquitectura andalo-magrebí podemos datarlo en el año 786, cuando comienza la construcción de la mezquita de Córdoba, siendo Córdoba el foco que ejerce su influencia política y cultural en la península ibérica y también en el norte del Magreb hasta la abolición del califato en 1031. 

Se desarrolla en la península ibérica entre los siglos VIII y X un proceso de síntesis que partiendo de elementos e influencias de muy diversa procedencia va a dar lugar a una nueva arquitectura, que va a tener una enorme influencia en la arquitectura española3  posterior, y en su proyección en América, y en la arquitectura de los países musulmanes. 

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Será en la Mezquita de Córdoba primero, y en la Aljafería de Zaragoza después, donde queden materializados unos prototipos formales que van a influir en todo el arte islámico posterior. Quizás en ninguna otra civilización se produce una identificación referencial y simbólica tan fuerte con sus formas arquitectónicas.

Esta fase inicial, que corresponde al emirato y al califato de Córdoba y a los primeros reinos de taifas, es genuinamente ibérica. En el Magreb no se han dado todavía las condiciones políticas ni sociales para que se produzca un desarrollo arquitectónico como se dio al norte del Estrecho4 .   

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Será con las dinastías bereberes cuando el Magreb oriental, desde Tremecén hasta Marrakech desarrolle modelos arquitectónicos que, sin dejar de manejar el vocabulario formal definido en Al-Ándalus, van a ser creaciones netamente magrebís, y a influir a su vez en las creaciones que surgen al otro lado del Estrecho.

Con los almorávides, ya en el siglo XI, el Magreb adquiere protagonismo político, y también –es lo que a nosotros nos interesa- arquitectónico. Oscurecidos históricamente por los almohades, grandes constructores, que vendrán después, van a ser los creadores de un tipo de mezquita, magrebí, que se aparta de los modelos orientales, cordobés o kairuaní. Las mezquitas de Argel, Tremecén, Nedroma o Fez constituyen ejemplos originales de una unidad tipológica puramente magrebí. 

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Será también con los almorávides cuando llegará desde Oriente al Magreb un elemento que va a pasar a formar parte esencial del repertorio de la arquitectura andalo-magrebí posterior: el mocárabe, ausente en la arquitectura ibero-musulmana anterior.  

Mucho más conocida es la aportación almohade a la creación de tipos arquitectónicos. El minarete de la Kutubía de Marrakech, constituye un arquetipo, que seguido por los de Sevilla (Giralda) y Rabat (Tour Hassan), a los que habría que añadir el primigenio de la mezquita de Salé, va a ser replicado en cientos de ejemplos por todo el territorio ibero-magrebí. 

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El colapso del imperio almohade, que como el almorávide anteriormente había controlado tanto el Magreb como buena parte de la península ibérica, dio lugar a su fragmentación en tres reinos: el nazarí (Granada), el meriní5  (Fez) y el zianida (Tlemcen). Sobre todo, en los dos primeros va a florecer una magnífica arquitectura, en lo que podría denominase una segunda edad de oro del arte musulmán: la primera sería la califal cordobesa. 

El arte nazarí alcanza en la Alhamabra, probablemente, la cima del arte de origen musulmán de todos los tiempos, sintetizando y destilando siete siglos de tradición constructiva. La cúpula de la sala de los Abencerrajes, es en cierta forma heredera de los trazados geométricos de compleja estereotomía de los últimos omeyas cordobeses, pero también del universo formal de los mocárabes incorporado por las dinastías bereberes. 

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Los benimerines van a aportar a la historia la creación de un tipo arquitectónico de origen oriental, pero genuinamente magrebí, y más concretamente marroquí. Si la medina es la aportación más importante de Marruecos a la cultura urbanística universal, la madrasa lo es a la cultura arquitectónica. 

En el desarrollo de las madrasas hay capítulos y pasajes de gran interés: la clara relación entre benimerines y nazaríes propicia la llegada de este tipo arquitectónico a Granada. ¿No era acaso en origen el llamado Palacio de los leones de la Alhambra una madrasa6?  Y en cuanto al lenguaje arquitectónico, no deja de sorprendernos la aparición de un orden gigante articulador de fachadas, en las madrasas de Fez, un siglo antes de que “por primera vez” lo utilizara León Battista Alberti en Santa Andrea de Mantua.   

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Con la decadencia de los benimerines se produce también el declinar del genio creador magrebí. Las dinastías posteriores, watasíes, saadíes y alauitas van a reproducir los modelos preexistentes sin aportar nuevos modelos tipológicos a lo ya creado en siglos anteriores, en Córdoba, en Zaragoza, en Tremecén, en Marrakech, en Fez y en Granada. Esa combinación y reproducción de modelos anteriores provocó la cristalización de una sintaxis propia, y en definitiva la pervivencia de un estilo característico arquitectónico, que podría considerarse estilo marroquí.

Se encuentran en la arquitectura andalo-magrebí elementos, tipos, características, unos formales, otros intangibles, de un extraordinario valor, que constituyen un rico legado de un pasado compartido, un repertorio magnífico de aprendizaje, y de inspiración para la creación artística. Este repertorio se ha utilizado en general de forma muy banal y superficial, produciendo por doquier, sobre todo –pero no solo- en los países musulmanes, formas estereotipadas, pastiches y clichés sin sentido, repetidos hasta el aburrimiento.

También hay magníficos ejemplos de arquitectura contemporánea que han encontrado en el repertorio andalo-magrebí su fuente de inspiración al comprender aspectos esenciales de la misma. La arquitectura del egipcio Hassan Fathy es buen ejemplo de ello. Como también lo son los proyectos que la fundación Aga Kahn destaca cada año en sus premios: como botón de muestra destacar el museo de Madinat al-Zahra de la pareja española Nieto-Sobejano o el cementerio islámico en la localidad austriaca de Altach, obra del arquitecto Bernardo Bader, en el que intervino con gran acierto la artista bosnia Azra Aksamisa. Otro ejemplo de análisis profundo de esta arquitectura, como fuente de inspiración plástica, que no me resisto a no citar, es el de la exposición “El cielo protector” de la escultora Teresa Esteban. 

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Las mezquitas almorávides

Yusuf Ibn Tashfin (1009-1106) forjador del imperio almorávide ordenó construir las mezquitas de Tremecén (1082), Nedroma (1086), Argel (1096), Mequinez ¿? Había conquistado Fez hacia 1075, donde ya existía la mezquita Al-Qarawiyín. Todas estas mezquitas tienen una gran homogeneidad, llegando a construir un tipo propio, diferenciado por completo del andalusí y de los tipos orientales, y que va a tener continuidad en la época almohade con ejemplos como los de Taza y Marrakech7 , y en la meriní, como es el caso de Uchda.

El ascetismo almorávide, que supuso una reacción rigorista a la liberalidad andalusí en la interpretación del islam, y a su refinamiento, dejó su impronta en estas mezquitas, cuya característica espacial más distintiva viene dada por la naturaleza de los elementos de la estructura portante de sus naves, que ya no son columnas como en Córdoba, Kairuán, o como en Damasco y Jerusalén, sino que son pilares. Si el espacio de la mezquita cordobesa es un espacio flotante, de masas suspendidas, en las mezquitas almorávides el espacio es de una rotunda gravidez que queda subrayada por la blancura de los macizos pilares y los arcos, siempre de herradura, que sostienen. 

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Dicho de otro modo: lo que resulta más característico de las mezquitas almorávides es la ausencia de columnas, y que esa ausencia de columnas se convierte en una característica definitoria de un tipo arquitectónico; la ausencia de columnas como característica tipológica. Hasta entonces la columna –de mármol- es un elemento característico de la mezquita; las mezquitas, como las iglesias son en su origen las salas hipóstilas de las basílicas romanas. Y de hecho las columnas de las mezquitas provienen en no pocos caso de ruinas romanas. 

La ausencia de columnas se puede entender por razones prácticas: aunque en el Magreb occidental existían ruinas romanas, Volúbilis por ejemplo a una distancia de unos 50 kilómetros de Fez, no estaban tan al alcance de la mano como en Córdoba o en Kairuán. Para hacerlas ex nuovo hacía falta explotar una cantera primero, y disponer después de canteros experimentados en el arte de tallar y pulir. Los almorávides eran originariamente y etimológicamente monjes-soldado a los que difícilmente podemos imaginar tan refinados como para disponer la talla y el pulido de columnas pétreas. 

Pero la ausencia de columnas en las mezquitas almorávides también se puede entender desde los presupuestos ideológicos que preconizaban la austeridad –impregnada de militarismo- como reacción a los “excesos” andalusíes. 

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Otra característica de estas mezquitas la constituye la disposición que presentan sus patios (sahn), que quedan como patios interiores, al ser flanqueados por la prolongación de las naves laterales de la sala de oración, y disponer, por lo general de un pórtico de acceso. Nótese la diferencia con el patio exterior de la mezquita cordobesa; la articulación espacial del patio con la sala de oración formando un todo, es propio de las mezquitas orientales como la de Al-Azhar en El Cairo fatimí.     

A la inevitable pregunta sobre el origen de este tipo estructural –y espacial- no podemos responder categóricamente, pero sí razonar alguna hipótesis: como hemos visto, no puede ser más opuesto al modelo cordobés; pero tampoco tiene nada que ver con el otro gran referente occidental, el de la mezquita de Kairuán. Podría pensarse que la original mezquita al-Qarawiyín de Fez construida hacia el 900, siguiendo, o no, el modelo de Susa8 , fuera el referente y prototipo adoptado por los almorávides, primero en la recién fundada Marrakech9 , y después en las ciudades que fueron conquistando: la propia Fez, donde amplían la mezquita existente, Mequinez, Nedroma y Argel. 

Sea como fuere sólo encontramos un referente anterior, prototípico, en la citada mezquita de Susa (Túnez), cuya construcción se data hacia el 850. Aunque se ha dicho por algunos autores generalistas que esta mezquita sigue el modelo de Kairuán, al igual que Jamila Binous no comparto en absoluto esta afirmación10,  al menos en lo que se refiere a su estructura y espacialidad. En la mezquita aglabí de Susa se construyen robustos pilares aun cuando los constructores disponían de columnas antiguas en las inmediaciones; se utilizan solo dos columnas con capiteles corintios, estratégicamente situadas, soportando el arco fajón en la nave central, en el ante-mihrab: es un gesto de carácter simbólico muy explícito: nos indica la proximidad del mihrab, y con ello el sentido en el que debe orientarse el orante, y constituye toda una declaración de principios: los soportes –en forma de pilar- deben ser robustos, reforzando la idea de la solidez de una religión y una civilización que ya ha echado sólidas raíces en los territorios norteafricanos: las columnas –aunque no hayan perdido su función portante, terrenal, adquieren otra simbólica, de naturaleza más elevada.

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En las mezquitas almorávides del noreste de Marruecos y el oeste de Argelia la columna deja de ser un elemento esencial de la arquitectura religiosa islámica, mientras el arco y la cúpula siguen siéndolo.

Otro hecho muy interesante del periodo almorávide en lo que a arquitectura y artes decorativas se refiere, lo constituye la incorporación, que no la creación, a su repertorio formal del mocárabe. En efecto, como es sabido su creación es oriental11 , y no encontramos mocárabe alguno en las construcciones andalusíes anteriores. 

Los vestigios más antiguos de mocárabes en el Magreb son los encontrados en las ruinas de la ciudad fortificada –Qala- de Benu Hammad, en la actual Argelia, cuya construcción data de principios del siglo XI. Los almorávides incorporan este elemento en las cúpulas de las grandes mezquitas de Fez y de Tremecén, y en la Qubbat Barudiyin de Marrakech. Las siguientes dinastías incorporarán el mocárabe a sus repertorios, con magníficos ejemplos como los de Tinmel en Marruecos (almohades), o Belhasen en Argelia (zianidas). El mocárabe pasará a la península ibérica con los almohades Alcázar de Sevilla y llegará a su máximo esplendor con los nazaríes en las cúpulas de los Abencerrajes y de las Dos hermanas en la Alhambra de Granada.

Los minaretes almohades

Marrakech, Sevilla y Rabat tuvieron una extraordinaria importancia en la época almohade (1130-1269). Testimonio de ello son las tres torres que construidas en esa época se han convertido en los símbolos respectivos de esas ciudades. Es curioso, y también significativo que un mismo elemento tipológico sea el monumento más representativo de tres ciudades diferentes cuya evolución desde la época almohade ha sido bien diferente. Después de la torre de Hércules, y junto a la torre de Pisa (1173) son también las torres más antiguas, las primeras, que se han convertido en símbolos de sus ciudades respectivas; mucho más tarde llegarán el Big Ben, la Torre Eiffel o el Empire State.

Su forma sencilla de prisma de base cuadrada, y su esbeltez hacen que sean perfectas para convertirse en símbolos. No fueron creaciones ex-nuovo: como casi nada en la vida. Torres de planta cuadrada se construyeron lógicamente en muchos lugares; el minarete de la mezquita de Córdoba que manda construir Abderramán III es un referente claro que no pudo pasarle desapercibido al constructor de la Giralda, ni seguramente tampoco al de la Kutubía12.     

Los almohades fueron grandes constructores, pero no crearon nuevas formas arquitectónicas ni en lo estructural ni en lo decorativo, como ocurriera en Córdoba, en Zaragoza, o en las mezquitas almorávides. El vocabulario no evoluciona mucho; lo que evoluciona es la sintaxis. Lo que resulta más relevante de estas torres, para los objetivos de este artículo, es que son la cristalización de un tipo arquitectónico que va a incorporarse al repertorio andalo-magrebí, siendo utilizado por las distintas dinastías posteriores que dominaron el Magreb después de los almohades, por el mudéjar, con su traslación al continente americano, llegando hasta el siglo XX con el revival neomudéjar13.  

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La fortuna del minarete almohade como tipo arquitectónico queda bien explícita con un fenómeno que podríamos llamar giraldismo. La Giralda se convierte en un referente formal que va a servir de modelo a numerosas torres de iglesias andaluzas: en palabras de Fernando Chueca Andalucía florece de giraldas. El valor icónico de la Giralda llega a su apogeo a finales del siglo XIX: en 1890 se termina de construir en Nueva York una réplica de la Giralda que formaba parte del complejo del segundo Madison Square Garden, obra de los arquitectos McKim, Rutherford y White. 

Pocos años más tarde en la exposición universal de Paris en 1900, ocupando un recinto de unos cinco mil metros cuadrados en el Trocadero, los franceses construyeron con el nombre de L’Andalousie au temps des maures un auténtico parque de atracciones avant la lettre, en el que destacaba una reproducción de la Giralda a escala natural obra del arquitecto Deruaz. Hay edificios inspirados en la Giralda en muchas otras ciudades del mundo como Kansas City, Varsovia o Moscú14.

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Como señala Basilio Pavón Maldonado en su monumental Tratado de arquitectura hispanomusulmana la proporción de las torres almohades pasa a ser más esbeltas que los modelos de minaretes anteriores, llegando en la Kutubía a la proporción 1:5,5, y en Sevilla y Rabat a 1:5. Esta esbeltez refuerza sin duda su carácter simbólico. El segundo minarete de la mezquita de Córdoba, el levantado por Abderramán III, hacia 952, y que se considera el referente inicial de los minaretes andalo-magrebíes, origen del tipo, tenía una proporción de 1:4. El minarete de la Kutubía va a suponer un hito en la evolución de ese tipo de minarete, que va a quedar establecido en la Giralda.

Las fachadas se articulan mediante un sistema sofisticado de apertura de huecos. Éstos son pequeñas perforaciones que no se abren sin más en el muro, sino que forman parte de elementos rectangulares rehundidos respecto al plano de fachada, a modo de portadas alineadas en vertical, en los que se disponen arcos de distintas formas y jerarquías en su mayoría ciegos. En esas “portadas” se desarrolla una riqueza –casi filigrana- decorativa, que contrasta con la austeridad del resto de las fachadas: algo que va a ser característico en la arquitectura hispana hasta el Barroco.

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Aparece la decoración cerámica en la banda de coronación del cuerpo principal, y también en la del cuerpo de remate, el revestimiento cerámico zelige será característico en arquitecturas posteriores como la meriní y la nazarí. En el nivel superior del cuerpo principal aparecen arcos entrelazados siguiendo el modelo de la Aljafería de Zaragoza, y que indican el camino de lo que va a ser la sebka, esa red de rombos formada al entrelazarse los arcos, desprovista de cualquier función estructural y que va a constituir el elemento más característico de la decoración de las fachadas de los alminares, como ya ocurre en la Giralda y en la Torre Hasán de Rabat. El tipo arquitectónico –que no tipología- ya plenamente definido queda rematado por un cuerpo prismático concéntrico y retranqueado, la linterna –tal vez reminiscencia de los faros de la Antigüedad, los ancestros tipológicos de los minaretes- y por el yamur conjunto de tres esferas metálicas de tamaño decreciente, en alineación vertical. El minarete como tipo arquitectónico queda fijado y básicamente no va a evolucionar más.

Las diferencias entre las tres torres son tan significativas que pretender –como se ha dicho- que son obra de un mismo arquitecto me parece que no tiene gran fundamento. Lo que las hace “hermanas”, además de sus planta formada por dos cuadrados concéntricos, son más bien sus proporciones, su nítida forma de esbelto prisma, y su gran valor simbólico a escala urbana15. 

Creo que no se le ha dado suficiente importancia, o por decirlo de otro modo no se ha agotado el estudio del minarete de la mezquita de Salé. Las diferentes intervenciones y reconstrucciones hacen que la versión que hoy podemos admirar no tenga la autenticidad de las otras tres torres. En cualquier caso, quiero destacar aquí ese gran valor como referente urbano, y lo peculiar de su ubicación, en el interior del patio de la mezquita, lo que provoca que el minarete solo se pueda visualizar desde la distancia o cuando uno accede –si le dejan- al patio. 

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La función de los minaretes: proveer un lugar dominante desde el que el muecín pueda llamar cinco veces al día a la oración va a acabar siendo un pretexto, casi un macguffin para crear un símbolo, un icono. Las primeras mezquitas no tenían minarete: el muecín se subía a lo alto de un muro, o a una torre aneja de defensa para que su llamada a la oración pudiese ser oída por el vecindario; los fatimíes prohibieron la construcción de minaretes en sus mezquitas chiíes. En la actualidad el canto del muecín suele estar grabado y emitido por altavoces. Pero sin embargo en la actualidad no se concibe la construcción de una mezquita sin un gran minarete, como el de la mezquita Hassan II en Casablanca, o el de la mezquita “de la M-30” en Madrid, o el más reciente de la gran mezquita de Argel.   

Las madrasas meriníes

Son las madrasas16  los elementos más originales del patrimonio arquitectónico marroquí. Las madrasas como los mocárabes vienen de Oriente17 ; unían a su inicial función educativa18  –escuela coránica- que se había desarrollado desde siempre en las mezquitas, la de alojamiento para los alumnos que acudían desde otras ciudades o desde el medio rural. Existían en todo el mundo islámico, pero no habían constituido un tipo arquitectónico propio. Será en Marruecos, y más concretamente en Fez donde, con la dinastía de los benimerines, cristalice desde finales del siglo XIII y a lo largo del XIV lo que a mi modo de ver es la aportación arquitectónica más importante del país magrebí. 

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Su arquitectura es de una gran racionalidad y unidad, siendo un magnífico exponente de la categoría tipológica de casas patio, de tan remoto y profundo arraigo en las culturas que se desarrollan en la cuenca mediterránea, desde Egipto a Roma19  pasando por Grecia, y antes en las culturas mesopotámicas –sumeria- y persas. Especialmente adecuado para regiones cálidas y secas, va a ser el tipo residencial por excelencia de los pueblos del islam. Además del factor climático, como señala Alejandro Pérez Ordóñez20  un factor socio-religioso va a hacer todavía más adecuado este tipo arquitectónico para la civilización islámica: el de la necesaria privacidad, ocultamiento público, de la mujer en el islam21 . Las viviendas se abren hacia un interior íntimo, mientras se cierran como fortalezas al exterior.  

El patio se constituye en elemento vertebrador y regularizador de los edificios, que muestran al interior un orden bien distinto del tejido urbano en el que se integran. Es interesante observar la dialéctica exterior-interior a escala urbana, a vista de pájaro, o de Google Earth de una medina. El tejido urbano aparece como un laberinto de formas orgánicas en el que no se vislumbra ningún atisbo de ortogonalidad22 . Sin embargo, esas formas orgánicas están formadas por la yuxtaposición de unidades edificatorias, a modo de células cuyos núcleos son patios rectangulares que generan un orden interno ortogonal.

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Es en la arquitectura doméstica andalo-magrebí, por las razones expuestas donde el patio se revela como elemento esencial e insustituible en la constitución de la célula habitacional; su máximo exponente son los riads que sirven de marco a la vida cotidiana de las familias. También podríamos intentar relacionar las plantas de las madrasas con las de los fonducs esas construcciones que a modo de hoteles acogían a viajeros comerciantes y en los que se desarrollaba también actividad comercial, siempre con el patio como espacio de acceso a las dependencias y como espacio de acotada relación. 
    
Como queda dicho la arquitectura meriní influyó en la nazarí, en lo que respecta a las madrasas. La madrasa de Granada fue construida en 1349 por iniciativa de Ridwan el Nasri durante el mandato del sultán Yusuf I, siguiendo probablemente el modelo de la Attarín; esa influencia pudo llegar mucho más lejos, como apunta Amadeo Serra Desfilis23 , al afirmar que el artífice del Colegio español de Bolonia bien pudiera haberse inspirado en ellas. 

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Las madrasas son los equivalentes a los colegios universitarios europeos, y se desarrollan con anterioridad a ellos. Desde el siglo XIII se advertía ya, en Europa -como en el Magreb- la necesidad de un ambiente y un espacio adecuados para la formación universitaria. Boncompagno da Signa en su tratado Rethorica novissima (1235) alude a la necesidad de una arquitectura tan austera como práctica. Las fundaciones universitarias, de Bolonia, París, Oxford, Montpellier, Salamanca, datan de esa época si bien no sería hasta la segunda mitad del siglo XIV que esa necesidad dé lugar a un tipo arquitectónico específico, con ejemplos como el citado Colegio español de Bolonia, o el New College de Oxford24 . En Fez la madrasa Saffarín en 1271 ya era una estructura de nueva planta creada exprofeso para las funciones de enseñar y de albergar a los estudiantes. En los colegios universitarios europeos la organización espacial en torno a un patio es también característica.

En los muros de las madrasas se hace patente eso que se ha venido en llamar horror vacui. La decoración geométrica, de yeso, en relieve muy plano y uniforme cubre por completo todas las superficies murarias, contribuyendo con su efecto de claroscuro a mejorar la percepción sensorial del espacio: si los muros no tuvieran esa filigrana decorativa la percepción del espacio, de por sí austero, sería muy distinta.

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Las madrasas, como otros edificios del mundo musulmán no tienen fachada al exterior; volcándose al interior en las fachadas de los patios toda la creatividad plástica de sus artífices; las fachadas de los patios de las madrasas se disponen, a nivel cromático, en tres estratos: el inferior cerámico es policromático con recubrimiento de zellij en el que  predominan los tonos fríos, azules y verdes: el cuerpo es blanco de yeso tallado en bajo relieve con decoraciones geométricas y escrituras cúficas, también muy geométricas, que han sido estudiadas con mucha mayor profusión que la arquitectura en sí. La parte superior, y las carpinterías, ponen el contrapunto oscuro del castaño al negro.

Estos tres estratos cromáticos los encontramos en la fachada del Patio Dorado del Palacio de Comares, de la Alhambra, mandado construir por Mohamed V en 1369-70, inspirada claramente en las fachadas de los patios de las madrasas fasíes25 . El Patio de las Doncellas del Palacio de Pedro I en el Alcázar de Sevilla, incorpora un zócalo de zellij en sus galerías26.

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No podemos dejar de encontrar algún tipo de relación entre las superficies sutilmente talladas de madrasas fasíes como la Attarín y la Buanania y la profusa decoración del barroco churrigueresco, o del exuberante barroco mexicano.   

Veamos la evolución del lenguaje arquitectónico en las fachadas interiores de las madrasas meriníes: en la primera de ellas cronológicamente hablando, la Seffarín (1271) vemos que el patio está delimitado, en tres de sus lados por pórticos de pilares y arcos de herradura ligeramente apuntados, encalados, con alfiz y sin decoración como los de los haram27  de las mezquitas almorávides y almohades28 . Nada por tanto novedoso, más allá de la operación sintáctica de llevar los pórticos interiores de los haram a las galerías del patio. 

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Tendrán que pasar cincuenta años para que se cree la imagen característica de la madrasa marroquí que hoy nos asombra; y será bajo el mandato del emir Abú Said Otmán, y en tres madrasas que se construyen en Fez casi de forma simultánea: la de Dar al Makhzen (1320), la de Sahrij (1321-28), y la de Attarine (1323-25). Difícil sería determinar si la primera que comenzó a ser construida fue la que sirvió de modelo para las otras, o las tres estaban ya preconcebidas de la misma manera; lo que sí podemos afirmar es que en ese momento aparecen por primera vez unas fachadas tan novedosas y con un lenguaje arquitectónico tan particular que fijará el canon para las madrasas que se construirán después, como la Mariniya en Salé (1333-41), la Buianania (1350-55) en Fez, la Buianania en Mequinez, (1351-58) la de la necrópolis de Chella en Rabat, o la Ben Yusef en Marrakech. (¿?-1565).

Los patios de estas madrasas van a tener suelos de baldosas de mármol, con fuentes para las abluciones en su centro; disponen de galerías en planta baja, al menos en dos de sus lados; los pilares se prolongan en la planta superior –donde se disponen las celdas- en pilastras que articulan toda la fachada, dando lugar así a un orden gigante un siglo antes de que Leon Bautista Alberti lo formulara “por primera vez” en la basílica de San Andrés de Mantua. ¿Quién sería el arquitecto que formuló en la tercera década del siglo XIV ideó un sintagma tan elocuente como el de la madrasa fasí? Su nombre debería estar escrito con letras de oro en el gran libro de la historia de la arquitectura. ¿Y cómo se gestó, para aparecer así, casi súbitamente?  

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Puertas exteriores de bronce. Gran unidad 

A mediados del siglo XIV está ya consolidado el tipo característico de madrasa marroquí, que no va a variar con las siguientes dinastías cherifianas que suceden a la meriní: wattasidas y saadíes. Como queda dicho el genio creador va a dejar de realizar nuevas aportaciones al repertorio arquitectónico. Lo que no es óbice para que se construyan magníficos edificios compuestos a partir de los elementos conocidos. Es decir, va a haber una permanencia de las formas a lo largo de siglos.  

La madrasa de Ben Yousef en Marrakech quizás sea el edificio más hermoso de Marruecos, y el que podría representar lo más granado de esta categoría tipológica de las madrasas marroquíes: la racionalidad geométrica de su planta constituye el marco que permite el desarrollo de un programa funcional de forma impecable: diríamos que la forma crea el escenario de la función: los elementos arquitectónicos se disponen desplegando un vocabulario que es el resultado de la  depuración de un proceso iniciado en las madrasas meriníes: podríamos decir, parafraseando a Summerson, que en la madrasa de Ben Yousef el lenguaje clásico de la arquitectura andalo-magrebí llega a su cénit, e inicia una época manierista en la que los arquitectos magrebíes van a seguir manejando los mismos elementos del repertorio andalo-magrebí variando tal vez las estructuras sintácticas, pero sin crear nuevos sintagmas. 

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Otro aspecto que nos asombra cuando estamos en la madrasa Ben Youssef y nos dejamos atrapar por su atmósfera es el protagonismo de la luz, y las emociones espaciales que despierta. Los paramentos de estuco sabiamente moldeados reflejan una luz que es absorbida por las carpinterías de cedro, produciendo un efecto de bicromatismo y de claroscuro. 

Las madrasas marroquíes atesoran una especial riqueza espacial, que hace que nos sintamos bien en su interior. Ofrecen ambientes resguardados del bullicio de la medina que invitaban al estudio, a la meditación y al rezo en el pasado, y que nos hacen experimentar hoy en día sensaciones estéticas muy especiales.  Su clara y ordenada geometría, su simetría, crean un marco de referencia espacial que nuestra sicología procesa asociado a sensaciones de orientación, de seguridad y de bienestar.  

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Pero a su vez en las madrasas marroquíes se produce la rica fluidez espacial,   característica de la arquitectura andalo-magrebí, (Chueca, 1979). Al parecer los humanos, nos dicen los neurocientíficos Reber, Schwarz y Winkielman29 , preferimos configuraciones espaciales con cierto grado de complejidad, que podemos procesar con facilidad, como se da a la perfección en el caso que nos ocupa.      

Conclusión 

Aportaciones magrebíes a la arquitectura universalPodemos considerar la edad de oro de la arquitectura marroquí (magrebí) la comprendida entre comienzos del siglo XII (Qubba Barudiyín c. 1120), y mediados del siglo XIV (fin el reinado de Abu Inan, 1358). En este periodo se producen interesantes acontecimientos arquitectónicos como la creación de un tipo de mezquita propiamente magrebí, en la época almorávide (Tremecén, Ndroma, Fez, Mequinez), que va a tener su continuidad en la época almohade (Taza, Marrakech). La creación de un tipo de minarete propio, con el prototipo de la Koutubia de Marrakech, y sus casi réplicas sevillana y rabatí, que crearán modelo en Andalucía y el Magreb. Un tipo característico de murallas de tapial jalonadas de torres. Y en especial hay que destacar las madrasas meriníes, de origen oriental, pero que van a constituirse en genuino tipo arquitectónico marroquí, durante los reinados de Abu’l Hassan y Abu Inan, y cuya influencia llegará a la Alhambra de Granada.  También de Oriente, en época almorávide, llegó el mocárabe, que se convertirá en elemento característico del repertorio arquitectónico musulmán. 

 

Javier Galván, ha sido director de los centros del Instituto Cervantes en Orán y Rabat y coordinador de los de Fez y Casablanca. Profesor de Arquitectura del Islam en la Universidad Internacional de Rabat (curso 2018-19) 

 

Bibliografía y notas al pie: 

BERRADA, Hammad (2016): La médersa dans la ville. Editions Marsam. Rabat

CHUECA, Fernando (1979): Invariantes castizos de la arquitectura española. Editorial Dosat,     

GOLVIN, Lucien (1995): La madrasa médiévale: Architecture musulmane. Editorial Édisud. Saint-Remy-de-Provence, 1995. 
HATTSTEIN, Markus y DELIUS, Peter (Editores) (2004): Islam - Kunst und Architektur. Editorial: Tandem Verlag GmbH. Königswinter.
MARÇAIS, Georges (1957): L’architecture musulmane d’occident, Tunisie, Algérie, Maroc, Espagne et Sicile, Editorial: Arts et Métiers Graphiques. París. 

PAVÓN, Basilio (2009): Tratado de arquitectura hispanomusulmana. Editorial: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid. 

TERRASE, Charles (1928): Médersas du Maroc Editorial Morance. Paris 

TERRASE, Henry: (1932) L’Art Hispano-mauresque des origines aux XIIIe siécle. Editorial G. Van Oeste. Paris. 

TRIKI Hamid, y DOVIFAT, Alain (1990): Médersa de Marrakech: Éditions Presse Audiovisuel. París. 

1-  En apenas un siglo el islam se extiende desde el río Indo hasta los Pirineos.

2- Entendido el concepto civilización como lo entendía Ibn Khaldun al utilizar el término asabiyyah

3- CHUECA GOITIA, Fernando: Invariantes castizos de la arquitectura española. Dosat, 1979

4- En los territorios comprendidos entre la cordillera del Atlas, el Atlántico y el Mediterráneo, tras el repliegue de Diocleciano (285 d.C.) no hay un poder político y militar capaz de aglutinar al conglomerado de tribus bereberes, salvo el ejercido por la dinastía idrisí de forma parcial entre los siglos VIII y X. Apenas nos han llegado vestigios arquitectónicos que podamos fehacientemente afirmar que son de esa época, y en cualquier caso serían estructuras que seguirían modelos de Córdoba o de Kairuán. 

5-Si bien el término “meriní” no figura en el diccionario de la RAE, su uso se ha generalizado, hasta el punto de que si el término “benimerín”, que sí figura en el DRAE, prevalecía tradicionalmente de forma ostensible en los textos en español con respecto a “meriní” –como nos indica la traductora Noemí Jiménez- dicha prevalencia casi ha desaparecido en la actualidad. Utilizo en este artículo “meriní” como adjetivo, pues su uso se impone, pero he querido seguir utilizando “benimerín” como sustantivo, siguiendo al hispanista Mehdi Mesmoudi, que aporta además razones de tipo antropológico.   

6-RUIZ SOUZA, Juan Carlos: El palacio de los leones de la Alhambra: madrasa, zäwiya y tumba de Muhammad V.Estudio para un debate. En Revista Al-Qantara, CSIC, 2001 

7-  Como es sabido los almorávides fundaron Marrakech y levantaron la primera mezquita en esta ciudad, que fue destruida por los almohades. 

8-La primera mezquita tenía pilares cruciformes como en Susa. No en vano, su origen está ligado a Fatima la hija del rico comerciante Muhammaad ibn Abdallah-al-Fihri que llegó a Fez escapando de un periodo de anarquía en Ifriqiya, concretamente de la ciudad de Kairuán, de quien toma el nombre.

9- Los almohades destruyeron la mezquita de los almorávides, alegando que no estaba religiosamente orientada como debiera: la mezquita que se conserva es la construida por los almohades, ligeramente desplazada con respecto a la original, de la que se ha recuperado el espacio de la sala de oración con los arranques de sus pilares.  

10-“Ifriqiya ha visto a lo largo del siglo IX el florecimiento de dos escuelas de arquitectura –la de Kairuán y la de Susa- netamente diferentes a pesar de que comparten las mismas condiciones históricas y económicas e históricas. La primera escuela utiliza exclusivamente columnas antiguas de mármol como fórmula de soporte…” En Ifriqiya. Trece siglos de arte y arquitectura en Túnez. Jamila Binous et alii. Museo sin fronteras. Electa 2000, Madrid.

11- Su origen, tal vez en el siglo IX parece localizarse en el noreste del actual Irán, si bien se han encontrado ejemplares muy antiguos en Uzbekistán.  

12- Ver: CALVO Susana «Las Mezquitas de pequeñas ciudades y núcleos rurales de Al-Ándalus» Revista de Ciencias de las Religiones Anejos. 2004, X, pp. 39-63

13- Numerosos ejemplos pueden ilustran lo dicho: el minarete del oratorio de la necrópolis meriní de Chellah en Rabat, el de la mezquita alauí El-Sunna en la misma ciudad, o el de la mezquita de la Perla en Orán. 

14-Ver página web de Julio Domínguez Arjona, y también https://nyc-architecture.com/ARCH/ARCH-notes-municipal.htm

15- La Giralda fue durante muchos años el edifico más alto de España

16- Utilizamos el término madrasa, que reconoce la RAE y no el tan extendido término francés madrasa

17- Como es bien sabido el concepto nace en el Egipto chiita fatimí, pero será en el Bagdad sunní donde adquiera carta de naturaleza como tipo arquitectónico. Nizam al-Mulk, estadista de origen persa, visir del imperio selyúcida, desde 1063 hasta 1092, creó, de forma sistemática, escuelas que pueden considerarse precursoras de las madrasas en el mundo islámico, y de los colegios universitarios en el mundo cristiano, siendo la madrasa Nizamiya, así llamada en su honor, la primera de su tipo. Hay que tener en cuenta que la enseñanza coránica se practicaba, y se siguió practicando, en las mezquitas. Las madrasas introducen la función de alojamiento para los estudiantes, que no se daba en las mezquitas. De ahí que la mezquita Qarawiyín de Fez podría considerarse la primera institución educativa, ¿universidad?, no sólo del orbe musulmán, sino de todo el mundo, pero no una madrasa stricto sensu. Las madrasas proliferarán por todo el mundo islámico, desde oriente hasta occidente. Adquieren especial importancia en algunas ciudades como Alepo, en Siria: el zangí Nur-al-Din (1146-1173) construye madrasas en esta ciudad con objeto de contener la influencia chií. Sus madrasas adquieren así mismo un alto valor simbólico en la lucha contra los cruzados. El sultán ayubí Malik az-Zahir Ghazi hijo de Salah-al-Din, el legendario Saladino, fue también un gran constructor de madrasas, continuando la obra de Nur-al-Din (Julia Gonnella, en Golvin,1995). Su mujer Daifa Jatun fue la promotora de la madrasa al-Firdos, de planta regular formada por módulos cuadrados, prototipo del referente formal que se exporta al occidente islámico. La primera madrasa en el occidente musulmán se construye en Túnez en 1252; y casi veinte años después la primera en Fez.  

18- En su origen, de índole exclusivamente religioso, fue ampliándose a otras disciplinas: filosofía, medicina, matemáticas, astronomía, física y química, etc. 

19- En las ruinas de Volúbilis, situadas a sólo 60 kilómetros de Fez existen todavía excelentes ejemplos de domus romanas, como la Casa de Hércules, la del Fauno, o la de Orión

20- En Arquitectura doméstica tardoandalusí y morisca: aproximación al modelo de familia y a su plasmación en la arquitectura y el urbanismo de los siglos XIII al XVI. CSIC. Granada, 2008 

21- El impacto que la ocultación de la mujer tiene en la arquitectura doméstica llega a extremos sorprendentes en las cinco ciudades del valle del M’zab, el feudo de los abadíes, cuya blanca y máclica imagen sirvió de inspiración a Le Corbusier y a otros artistas de las vanguardias de comienzos del siglo XX. Según la tradición islámica las parejas tras casarse van a vivir de forma inexorable a la casa de los padres del varón, que va creciendo, o subdividiéndose a medida que sus hijos varones van casándose. Juntos, pero no revueltos, los varones no pueden ver jamás a sus cuñadas, cubiertas completamente- como todas las mujeres abadíes- con una túnica blanca que tapa cabeza y cara, salvo un ojo, por lo que Juan Goytisolo en Alquibla las comparó con cíclopes.       

22- El caso de Rabat, cuya medina tiene calles ortogonales, es una excepción.

23-En Bolonia y la definición de un tipo en la arquitectura universitaria europea. (En Imagen, contextos morfológicos y universidades. Universidad de Salamanca 2013. 

24-Ibídem

25-Tiene toda la lógica pues como es sabido Mohamed V se refugió en Fez, entre 1359 y 1361, amparado por el sultán meriní Abu Salim Ibrahim, tras ser derrocado por una conspiración palaciega que puso en el trono a su hermanastro Ismail II. Recuperó el trono en 1362, reinando hasta su muerte en 1391. En esta segunda etapa realizó importantes obras en la Alhambra, influido sin duda por lo que había visto en Fez.

26- Construido entre 1356 y 1366. Pedro I fue leal aliado de Mohamed V; sin duda debió haber artesanos que provenientes de Fez trabajaron en Sevilla y en Granada, exportando la técnica del zellij. madrasa

27- Sala de oración 

28- Presumimos que a pesar de las intervenciones y restauraciones de las que ha sido objeto, los pórticos corresponden a la estructura original. 

29- En COBURN, Alex; VARTANIAN, Oshin; y CHATTERJEE Anjan: Buildings, Beauty and the Brain: A Neuroscience of Architectural Experience. Journal of Cognitive Neuroscience. University of Pennsylvania, 2017