Cuando soñar fue delito

Lecturas de verano: ‘Ava en la noche’ de Manuel Vicent
Manuel Vicent

 -   Manuel Vicent

Entre el Fuerte de Denia y la cumbre de El Montgó se abre una vía de aire a la que llaman Carrer de Diana; no es la más ancha, ni la principal del callejero de la ciudad levantina, pero sí es la mas airosa, y además hace honor al origen mítico de este asentamiento portuario que siempre vio en la cumbre del Montgó el cuerpo de una diosa a la que el mar quiere arrebatar su posición altiva.

Esos vientos de Diana son los que mueven las palabras en tertulia de un grupo ya maduro, pero con una jovialidad de espíritu y verbo que otros ya quisieran. Fui allí en busca del Manuel Vicent que sienta su reino veraniego lejos de las sillas del Gijón para encontrarse con los vientos del Mediterráneo y festejar a los amigos con palabras vivaces y solares. Se ahuyenta la memoria aun reciente del encierro, y buscamos en la lejanía aquel encuentro con Ava cerca de Barquillo, en las noches cuyo olor y luz recuerda con una mezcla de melancolía y exaltación.  La vio por fin aquella noche en Oliver, y por eso mismo su última entrega, su ‘Ava en la noche’ la podemos leer como novela o como la memoria del chico de Valencia que se fue a Madrid para ser notario de la noche y sus habitantes. No solo la vio o los vio a todos ellos, farándula de un cuento oscurecido por el franquismo, sino que los sintió y les hizo parte de una presente que ahora deviene en memoria y puede contarse a gusto del narrador.

Manuel Vicent
Manuel Vicent

Bajo la noche espesa del franquismo, hasta soñar era delito. Unos soñaban con la libertad, otros en echar un polvo con Ava Gardner. Todos iban en el mismo barco que solo cuando navegaba la noche podía encontrar puerto. Quien vivió el mundo de los serenos, sabe que la luna tenía sus luces muy limitadas sobre Madrid. Solo alumbraba a cachos. Y era mas lo que ensoñaba que lo que iluminaba. 

Como un buen reportero de época, Manuel Vicent abre en canal la noche de aquel Madrid que tenía sus polos opuestos en el malo de clase bien llamado Jarabo y en la inalcanzable estrella conocida por Ava.

Viene a la capital un chico de Valencia que quiere inventarse la realidad, o sea hacer una película, para que la cruda realidad de la época se edulcore o tome cuerpo celeste. Está de portero de su sueño el ya colocado Berlanga, y asisten de coro celestial una tropa desigual de intelectuales que se arrastran del Chicote al Gijón y vuelta. Con estos mimbres urde Vicent una trama de cine negro, con gatos que chapotean en charcos de sangre y flamencos que asaltan las sábanas de la comehombres de Hollywood.

Manuel Vicent
Manuel Vicent

Sabe el autor en sus carnes que solo el sueño te salvaba de la modorra gris imperante de la época. Por eso Ava no es solo la mujer mas bella del mundo que surcaba las calles de la ciudad mas apagada de Occidente; era sobre todo el anhelo de poseerla aunque fuese en una foto para salvarse a sí mismo de una vida ya anulada nada más nacer.

Usa Vicent, con su modo habitual entre cáustico e insolente, un mecanismo del bien y el mal, de lo crudo y lo masticado, de la bestia y la bella como juego de contrarios para hacer una novela en desarrollo espiral, que nos va metiendo en su túrmix, atascados en el sueño que puede ser realidad. Convertir la pesadilla general en sueño particular. Una metáfora de un mundo putrefacto que es tan real que resulta casi inverosímil. Y fue ese el mundo que vivieron, el mundo que otros oteamos mas tarde, escrito aquí con las palabras que más certeramente lo describen, hilado como un bordado que es un arte de aguja fina que Manolo Vicent controla como nadie. Vicent no escribe, más bien borda con el diccionario del momento. Y espolvorea aromas del tiempo para que la memoria quede impregnada sin remedio.

Queda para expertos en anatomía de estrellas, si la protagonista en verdad tenía una cicatriz en la apéndice y una peca en la teta. Nuestro protagonista lo soñó tantas veces que seguro que tuvo que hacerlo real. Como el propio autor, que certifica su encuentro con la bella en un garito de la noche madrileña poblada de gente de novela; transeúntes entre las tinieblas de un tiempo frio y malgastado si no tenías un sueño que soñar.