De Rashid Diab a Dar Al Naim

El arte sudanés explica el presente del país
De Rashid Diab a Dar Al Naim

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Padre e hija. Dos generaciones de arte sudanés. Con Jartum y Madrid en el proceso de aprendizaje, surgen dos miradas a la realidad con más similitudes de lo que parece. La belleza de lo que nos rodea y la capacidad de crear marcan el trabajo de ambos. A pesar de la distancia, MUNDO NEGRO ha promovido el encuentro de los dos.

Calor y frío, ciudad y montaña, madurez y juventud, padre e hija, -Rashid Diab (1957) y Dar Al Naim (1988) no dejan de ver ni en sus sueños imágenes que inspiran sus cuadros, esculturas o instalaciones. Cercanos y hospitalarios, abren las puertas de la intimidad de sus talleres en los que los espacios están meticulosamente ordenados. 

La esperanza y la inquietud ante el «nuevo Sudán», que desde la caída de Al Bashir ha comenzado en su país, también es compartida. De hecho, siguieron juntos desde Madrid los primeros pasos de la revuelta. Unos meses después, Rashid Diab ultimaba los preparativos de uno de los foros de debate que organiza en el centro de arte que ha construido con sus propias manos en Jartum, el Rashid Diab Arts Center, que ocupa 3.400 metros cuadrados. Es una residencia de artistas, un espacio para hacer talleres para niños, un lugar que ya ha acogido 300 -exposiciones. Entre los planes futuros de este espléndido espacio –donde cada árbol, cada camino y cada puerta han sido reflexionados– está construir un restaurante.

«En casa trabajo más la pintura y aquí el grabado, la escultura o el reciclaje. Hoy celebramos el Día Nacional de los Mayores con una conversación hasta las 11 de la noche», explica orgulloso, deteniéndose en ángulos específicos del jardín o en la exposición de las luces. «Este espacio es para los talleres de niños que vienen de todas partes en verano. Tenemos cursos de un mes de pintura o escultura, es muy abierto», continúa, a la vez que resalta que se trata del «esfuerzo de una persona que se siente feliz por hacerlo», en una referencia velada a las nulas ayudas gubernamentales para potenciar el arte sudanés, o permitir que sus artistas accedan a la formación, a exponer sus trabajos o, simplemente, a material.

«Con el régimen anterior, el arte era algo comercial, se tenía que pagar la luz, los servicios y sacar cada vez los permisos. Estábamos muy atados, no podíamos invitar a artistas sin más, sino que debíamos informarles de todo, y podían prohibirnos que vinieran. Esto ha cambiado».

Rashid Diab, al contrario que su hija –que ha mamado el arte tanto por parte paterna como materna desde que nació–, fue la rara avis de su familia al dedicarse al arte. «Desde niño, mi relación con el arte fue muy fuerte, me gustaba trabajar con mis manos. Siempre hay formas creadas por nuestras manos. Algunos las ven, otros no. Soñaba despierto con un sitio donde se encontrasen los artistas, un templo del arte donde todo lo que te rodease fuera artístico. En mi familia nadie pintaba, me faltaba ese lugar en el que ver cosas bellas y bonitas creadas alrededor. Yo cogía algo antiguo y lo transformaba, reciclaba con cosas que la gente guardaba en casa sin saber que podían convertirse en algo bello».

Así es como durante 19 años creó el espacio soñado. Estudiando la luz para que durante el día no se -tuviera que encender ninguna bombilla, aprovechando el sol sudanés, diseñando los muebles, recurriendo a los materiales del país… «Aquí no hay nada importado, el material procede de los rastros de segunda mano a los que acudo los viernes».

PHOTO/ Carla Fibla García-Sala - Parte de la obra de Rashid Diab que puede visitarse en la sala de exposiciones que conserva en su casa, ubicada en un céntrico barrio de Jartum 
PHOTO/ Carla Fibla García-Sala - Parte de la obra de Rashid Diab que puede visitarse en la sala de exposiciones que conserva en su casa, ubicada en un céntrico barrio de Jartum

Entre la economía y el arte

«El arte está al alcance de la gente, aunque no lo vean, está en todas partes», explica Diab. Y continúa: «Hay que apreciar lo que ves y crear de ello algo más bonito. Lo mejor de la vida es que nacimos con una visión amplia, pero no la utilizamos, nos autolimitamos por razones sociales o económicas. El arte puede solucionar muchos problemas en la sociedad. Siempre ha habido un dilema entre el poder y el arte, porque el primero piensa siempre en lo más costoso, mientras que el artista cree en lo más caro como idea, como concepto».

Diab estudió Bellas Artes en Jartum y luego obtuvo una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores español para formarse en Madrid. Se quedó 21 años. «Me licencié, hice el doctorado en Filosofía del arte, trabajé nueve años en la facultad, estudié grabado y pintura mural y, de repente, me di cuenta de que me faltaba algo. Al regresar a Sudán comprobé que no había mucha conciencia del arte, un desarrollo para entenderlo, y empecé con una galería para buscar a los mejores artistas, hacer exposiciones y documentar el arte contemporáneo».

La casa en la que se encuentra el taller de pintura de Rashid Diab también está pensada para obligarte a ver lo que el artista quiere mostrar. Allí te encuentras con una amplia sala de exposiciones y una mesa de pimpón en medio, porque jugar le ayuda a despejar la mente tras permanecer enfrascado en una obra. «En esta vida todo es válido, bonito, tiene un lugar que el artista puede encontrar. Tiramos muchas cosas que pueden ser parte de nuestras vidas. Tengo una relación muy íntima con los objetos», explica, reconociendo que ese es uno de los principios filosóficos que ejerce.

PHOTO/ Javier Sánchez Salcedo - Dar Al Naim en su casa y estudio de Segovia
PHOTO/ Javier Sánchez Salcedo - Dar Al Naim en su casa y estudio de Segovia
De padre a hija

Unas semanas después de regresar de Sudán, llegó el momento de acudir a Segovia, donde Dar Al Naim se refugia de las distracciones de Madrid. Cuando la visitamos estaba empezando a establecer un amplio estudio con vistas a la montaña. Volvemos a contemplar el orden de los colores, de las telas y materiales, las mesas despejadas y una gran cafetera –frente al té que prepara su padre–, que es lo que mantiene despierta a la artista.

De las palabras pausadas y reflexivas del progenitor pasamos a la rapidez dialéctica de la hija, que es consciente de que sigue en un proceso de formación artística constante, aunque ya siendo capaz de sacar conclusiones y tomar decisiones. 

Vestida con colores llamativos –«en Europa la gente se viste con tres colores, y siempre oscuros»–, Dar Al Naim muestra el libro del proyecto Sudan Untold/Retold, en el que ha participado y que acaban de presentar en Berlín. Más de 30 artistas contemporáneos sudaneses de la nueva generación han elegido diferentes formatos, desde el cómic a una lista de canciones, para contar momentos de la historia de su país. Coordinado por el dibujante -Jalid Wad Albaih y la comisaria -Larissa -Fuhrmann, y con la financiación del Instituto Goethe, es la primera novela gráfica del país. «Contactaron conmigo como artista. Cada uno tenía que escoger un capítulo que quisiera recontar, era muy abierto, podía ser una historia que te hubiese contado alguien, una canción, o una receta. Había capítulos muy conocidos como Mahdi, Gordon… Yo me decidí por la era cristiana nuba. Es un tema que siempre me ha fascinado… Es la historia de la ciudad de Faras y cómo al construir la presa de Nasser iba a quedar sumergida. Iban a contrarreloj, llegaron arqueólogos de todo el mundo para rescatar lo que pudieran de la gran ciudad antes de que se hundiera para siempre. Está todo en el Museo Nacional de Varsovia (Polonia), una gran ala con más de siete habitaciones que albergan los frescos de la ciudad de Faras», relata apasionada mientras muestra el resultado de su interpretación hecha con sellos, tinta y collage con los que indica que bajo los frescos descubrieron que había una catedral.

PHOTO/ Javier Sánchez Salcedo - Detalle de las manos de Dar Al Naim y del trabajo en tela de sus obras en su estudio de Segovia 
PHOTO/ Javier Sánchez Salcedo - Detalle de las manos de Dar Al Naim y del trabajo en tela de sus obras en su estudio de Segovia
La herencia recibida

Dar Al Naim, completamente predestinada por su entorno familiar, estudió Bellas Artes en la Universidad de Oxford Brookes (Gran Bretaña). «Mi padre siempre me dice: “Qué suerte tienes, hija”; y yo le contesto: “No, son las consecuencias”. Tanto mi padre como mi madre son artistas y se conocieron porque eran curiosos. Mi hermano es filósofo. En mi familia se valora el arte. Nos llevaban a todos los museos. Nosotros no íbamos a la playa de vacaciones ni a Walt Disney cuando estábamos en París, sino al Louvre… Cuadros y más cuadros. Eso fue lo que me incitó a ser artista, veía el trabajo y su importancia. Desde el Renacimiento a lo contemporáneo, momento en el que estamos intentando encontrar un lenguaje escondido. El arte está en todo, por eso me parece fundamental». 

El peso de los progenitores artistas, cuando además tu padre se convierte en una de las referencias nacionales, no es fácil de gestionar. Por eso a los 18 años decidió formarse fuera de Sudán. Estudió fotografía, sociología, comunicación y arte. «Mi estilo arrancó cuando fui a -Inglaterra, porque surgieron todas las preguntas: ¿de dónde soy?, ¿soy negra o no?, ¿africana o europea?, ¿por qué me miran así?, ¿por qué me hacen estas preguntas?, ¿por qué tengo que explicar de dónde vengo o mi nombre? Fue la explosión de una crisis de identidad. Me encontré con el estereotipo inglés, el racismo que no comprendía. Un amigo me lo tuvo que decir: “Eres negra”. Él era de Gambia, y me dijo que habría gente que actuaría así porque somos diferentes de alguna manera». Y así fue como acabó llamando a su padre para preguntarle: «“¿De dónde es mi cuadro?”. Y él me respondió: “De donde tú quieras que sea”, y yo me volví a preguntar: “¿Por qué hacemos eso con las personas y no con los objetos, que están viajando constantemente? ¿Tengo que vivir en Sudán para ser artista sudanesa?”».

Dar Al Naim, que en árabe significa «Casa del Paraíso», lleva más de cuatro años sobreviviendo de su creación. «Pintar es un proceso libre, o al menos intento que lo sea todo lo posible», explica mientras muestra lo que la obsesiona: cuadros grandes «en los que pueda ejercer un movimiento corporal completo» para soltar y dejarse sorprender.

PHOTO / Javier Sánchez Salcedo  - Obra «Herstory III» de Dar Al Naim
PHOTO / Javier Sánchez Salcedo - Obra «Herstory III» de Dar Al Naim
Desde la distancia

Conectada mediante las redes sociales a todo lo que ocurre en Sudán, Dar Al Naim prefiere esperar para ver con sus propios ojos el cambio, ya que muchos amigos y conocidos lo pasaron mal durante las manifestaciones. «Después de cada revolución hay una explosión, una necesidad de comunicación. Cuando te encuentras con esa libertad, no puedes no utilizarla. Ha habido una explosión de creatividad que ha traído mucho optimismo, poder dejar tu marca en las revueltas. Durante ocho meses lograron, por primera vez, que el espacio fuera suyo físicamente. Hubo un brote de expresión y poderío, de autoasignación de poder, de sentirte con autoridad en tu país, pero dentro de un grupo».

Le cuesta analizar lo que Sudán podrá llegar a lograr si no se tuercen las cosas. Repite una y otra vez que hay que dejar de achuchar a su país, que necesita su tiempo para ir asentando los cambios. Y reivindica que sean los sudaneses los primeros que disfruten del país liberado. «Estoy utilizando mi plataforma para promocionar el trabajo de otros artistas, darles a conocer fuera del país, promover la cultura de Sudán. Recibo muchas consultas en Instagram, me he convertido en una especie de crítica».

Igual que su padre, Dar Al Naim habla de la identidad, de la necesidad de comunicarse en la diversidad que existe en su país. Y el arte es un gran canal para hacerlo. «Hace falta crear un sistema y luego educar. El problema es que a Sudán no le pertenece Sudán porque han vendido la mitad del país. Hay deudas, se ha hecho una política absurda… No puedo con eso… ¡soy una artista! Por ejemplo, el sol. Podríamos dar electricidad a toda África, y tenemos impuestos, la gente no puede usar paneles solares».

Cruce de opiniones

Rashid Diab dibuja a mujeres en diferentes perspectivas, incluso ocupando el paspartú que enmarca el cuadro. La hija, Dar Al Naim, describe así el trabajo de su padre: «No sabes dónde acaba el cuadro, dónde empieza, quién eres tú dentro del cuadro, ahí donde cuchichean las mujeres, o en esa otra esquina. Es un juego con pinceladas». Mientras, Dar Al Naim reproduce las caras y el bagaje emocional que ve en ellas. Su padre, desde Jartum, explica que  su hija está madurando su estilo, buscando su espacio, disfrutando el proceso de experimentación. 

Cruce de ideas, pero no de capacidades artísticas. Para Dar Al Naim no parece factible: «Haríamos cosas de locos, pero no podemos por ser padre e hija… En cambio, sí que trabajamos juntos para ayudar a los demás. Nosotros no podemos, por el ego, el arte… Así somos».