PUBLICIDAD

Iberdrola

Loznitsa y el entierro del Imperio Soviético

Nacido en Bielorrusia, el director ucraniano educado en Rusia y residente en Lituania oye los tambores de guerra como el desafío de un imperio perdido
Serguéi Lozanitsa

 -  

Si alguien puede jugar a las cuatro esquinas en la guerra que se avecina ese es Serguéi Lozanitsa. Nacido en Bielorrusia, crecido en Ucrania, estudiante en Rusia y residente actual en Lituania, es un claro producto de puzle soviético hoy descompuesto, que Putin se afana en reconstruir.  Loznitsa está ahora en Madrid presentado una ya larga filmografía documental, que parece un catálogo de desechos de la vida bajo la guerra fría. En una noche gélida, se pasa en la Filmoteca de Madrid su magna “Funeral de Estado”, un desfile impagable de modelos de abrigos y gorros de la temporada del 53 bajo los que se escapan algunas lágrimas no se sabe bien si por el malogrado Stalin o por el principio del fin que ya tenía que barruntarse: la lenta agonía del imperio soviético.

Cuando murió Stalin la maquinaria de propaganda se puso en marcha sin regatear medios. La radio estatal tomo todos los canales e inicio una serie de mensajes al pueblo, que reunidos en masas en torno a las plazas con altavoces seguían desde los detalles del parte médicos a las consignas sobre la segura victoria del comunismo y las bondades del camarada querido en el mundo entero. Las reacciones populares tan celosamente programadas fueron retratadas por los mejores cámaras y directores del cine del momento para convertirlo en una película para el recuerdo: El gran adiós.

Serguéi Lozanitsa
Serguéi Lozanitsa

La película nunca vio la luz. Cuando Loznitsa se embarcó en un proyecto para recuperar como fueron los funerales de estado de distintas figuras de la época descubrió que solo del funeral de Stalin había montones de cajas almacenadas con más de 40 horas de filmación. “Hacer la película de un muerto y mantener la atención no es tarea fácil”, reconoce Sergei, que ha hecho una reconstrucción minuciosa y ordenada de la mastodóntica celebración, de los movimientos de masas, porteadores de coronas y reuniones multitudinarias de despedida a lo largo y ancho de aquella Unión Soviética, desde Moscú a Vladivostok. También llegan los líderes de los partidos hermanos, de Hungría, de la RDA, de Polonia…. y Chu En Lai desde la China de Mao y una peculiar representación del partido comunista del Reino Unido.Serguéi Lozanitsa

No hay narración alguna, solo las palabras de los locutores de radio que ensalzan sin fatiga con un lenguaje tan ampuloso como hueco las bondades del que resulto ser uno de los mayores asesinos en masa de la historia. Asistimos durante dos horas y media a las llegadas de los seguidores y penitentes a la sala del edificio de los sindicatos, incluidas las delegaciones extranjeras, incluida Dolores Ibárruri acompañada de Víctor Claudin), los numerosísimos militares, los burócratasy el pueblo llano a pagar sus respetos al muerto, que finalmente es conducido en hombros del politburó a su reposo en el mausoleo bajo la muralla del Kremlin junto a Lenin. Tanta pompa y circunstancia, conducida aquí hacia el éxtasis por la Sexta de Tchaikovsqui, culmina con los discursos bajo la nieve de Kruschov (maestro de ceremonias) y de Beria (el brutal jefe de la NKVD).

El bufón Nikita Kruschov (como le denomina Loznitza) se haría inopinadamente con el poder, mientras Lavrenti Beria (el despiadado, a quien se acusaría de incluso matar a Stalin) fue hecho desaparecer del mapa….; y Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como José Stalin se quedó con funeral, pero sin película y hasta sin espacio en el mausoleo Lenin del que poco tiempo despues seria sacado con nocturnidad.

Tan implicado está Putin en volver a recomponer la grandeza territorial del imperio de los zares- que la coartada comunista consagró como soviético -, la contemplación de este funeral deja a las claras tanto el interés de media Rusia por sentirse imperial como el de la otra media por verse como víctima de ansias desmedidas.Serguéi Lozanitsa

Lonita, nuestro hombre entre las cuatro esquinas, no toma partido nacional, no quiere porque para él “mi patria es la escuela donde me eduque, no una nación”. Nómada en su juventud, ahora también lo es y vive entre Vilnius, Berlín y Ámsterdam, mientras los tambores de guerra le acompañan o le persiguen allá donde vaya.

Me interese por saber si Putin- al que me imagino soñando con un funeral de postín tras su improbable deceso - habría visto su película, y Sergei me contestó que “está demasiado ocupado sosteniendo todo el globo terráqueo sobre sus hombros”. También comentó, no sé si con verosimilitud o con sorna, que el actual líder ruso habría dicho que “después de la muerte de Gandhi, no tengo con quien conversar” Las huecas proclamas que acompañaban al desmedido último adiós al líder hoy aparecen trufadas como fake news en los renovados aparatos de propaganda.

El sueño y la pesadilla de la Unión Soviética sigue pues presente, entre los que la añoran y los que la detentan. Contemplar la megalomanía de un imperio roto en el funeral del más vil de sus líderes, aireando patrañas y loas sin fin, nos pone ente la tesitura de pensar que si los sueños desaforados se anteponen a las realidades cualquier disloque es posible. Incluso una guerra.