Opinión

Los peligros de la narrativa sectaria

Los peligros de la narrativa sectaria. Chiíes y suníes

Tanto en los medios de comunicación españoles como en los del resto de países occidentales se repite en los últimos años una narrativa errada y peligrosa: el mito de los odios sectarios eternos entre suníes y chiíes. Según esta narrativa, ambas ramas del islam viven un enfrentamiento fratricida desde hace casi catorce siglos, todo por la cuestión de la sucesión tras la muerte del califa Alí en el año 661 de la era cristiana (40 de la era islámica). Las diferencias entre ambas ramas son así irreconciliables y explican los muchos conflictos en Oriente Medio: las diferencias entre Irán y Arabia Saudí se deben a la cuestión religiosa, así como la guerra de Yemen, las protestas en Irak, etc. 

Esta narrativa, no obstante, carece de fundamento histórico. Si bien tras la muerte de Alí hubo una guerra civil en el islam, también ha habido periodos de paz y coexistencia entre ambas sectas, salpicados con enfrentamientos puntuales. La identidad religiosa no era la causa principal de conflictos entre potencias rivales como los safávidas iraníes y los turcos otomanos. Más bien al contrario, los actores políticos instrumentalizaban las diferencias religiosas o enfatizaban la identidad islámica común según conviniese a sus intereses, tal y como sucede hoy en día. Además, en muchas ocasiones la identidad nacional se ha impuesto a la religiosa: en la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988 los chiíes del sur de Irak no apoyaron a las tropas persas.

Más allá de la falta de precisión histórica, la narrativa sectaria también da pie a análisis excesivamente simplones que eliden la complejidad sociopolítica de Oriente Medio. De esto modo, la violencia y los conflictos en la región no derivan de las tensiones sociales causadas por el modelo rentista autoritario, de la pérdida de legitimidad de los Estados a causa de la corrupción endémica, del legado histórico del colonialismo y de la descomposición del imperio Otomano, o de la desestabilización causada por las injerencias extranjeras. Al contrario, el caos en Oriente Medio se explicaría únicamente por un conflicto religioso irresoluble que se remonta a milenios, tal y como aseguró Obama en su último discurso sobre el Estado de la Unión en 2016. 

Muchos de los regímenes de la región han adoptado la narrativa sectaria, pues les permite contar con un enemigo (externo o interno) fácilmente demonizable con el que distraer a la población de su mala gestión. Así, en 2011 Arabia Saudí acusaba a los chiíes que protestaban la región de Hasa de estar financiados por el Gobierno iraní. La narrativa sectaria es por tanto una útil herramienta para minimizar el descontento ciudadano, aunque los líderes de Oriente Medio están jugando con fuego. Sus sociedades pueden quedar fracturadas, especialmente en países donde las minorías religiosas son un porcentaje significativo de la población, y las milicias y grupos terroristas de corte sectario pueden dificultar gravemente la gobernabilidad.  

Aunque la narrativa sectaria sea imprecisa, sería absurdo negar que en la actualidad no existen tensiones entre suníes y chiíes, especialmente en Oriente Medio (en lugares como India, suníes y chiíes coexisten con normalidad desde hace siglos). No obstante, estas tensiones no se remontan a la sucesión del califa Alí, sino que empezaron a surgir en los 80 con la revolución iraní y el establecimiento de Hizbulá en Líbano, así como con la invasión soviética de Afganistán y la aparición de grupos armados suníes de inspiración salafista que consideraban a los chiíes cismáticos y heréticos. 

El año 2006 fue un momento de inflexión tanto para las tensiones entre suníes y chiíes como para el surgimiento de la narrativa sectaria: por un lado, Al Qaeda destruyó parcialmente la mezquita chií de al-Askari en Samarra, Irak. Como represalia, algunos grupos chiíes atacaron a su vez mezquitas suníes, dando comienzo así a la breve pero cruenta guerra civil iraquí entre milicias suníes y chiíes. Ese mismo año, Hizbulá consiguió expulsar al Ejército israelí del sur de Líbano y la popularidad del grupo financiado por Irán aumentó enormemente fuera de sus fronteras. Alarmados por la creciente influencia del régimen persa en la región, algunos políticos y periodistas comenzaron a emplear el término “creciente chií” para referirse al eje Teherán-Beirut-Damasco. Desde ese momento, la narrativa sectaria dominaría los análisis sobre Oriente Medio.

No obstante, la política actual de la región es mucho más que un conflicto religioso. Uno de los clérigos chiíes más influyentes de Irak, el gran ayatolá al-Sistani, se opone al régimen iraní. En Kuwait, la monarquía suní es principalmente apoyada por la población chií. De igual modo, hay enormes diferencias diplomáticas entre países como Arabia Saudí, Qatar o Turquía, a pesar de pertenecer los tres a la rama suní del islam. La narrativa sectaria, en definitiva, no permite analizar con claridad la situación en Oriente Medio. Además, puede convertirse en una profecía autocumplida, especialmente si los actores internacionales toman decisiones estratégicas inspirados por interpretaciones vagas y erróneas que no tienen en cuenta la complejidad de la región.